El martes día 5, mi hombre el Lobo, una vez leido el pais me recomendó este artículo que no tiene desperdicio...
"De la crisis se han escrito montañas de papel sin citar a Marx"
Reivindicación a la parresia.
IGNACIO SOTELO
A
los atenienses nuestra democracia les parecería más bien una
oligarquía, ya que el principio de representación cuestiona la igualdad
de todos los ciudadanos (isopoliteía), sometidos a las mismas leyes
(isonomía), que incluye en las instituciones la igualdad en el uso de la
palabra (isegoría). A su vez la democracia ateniense nos parece a
nosotros poco democrática, ya que, además de excluir a los menores y a
los metecos (los extranjeros con domicilio permanente), dejaba fuera a
las mujeres y los esclavos, es decir, a la fuerza de trabajo, que suman
la mayor parte de la población.
Con todo, la cualidad de la democracia griega que hoy más echo de
menos es la parresia, que consiste en atreverse a decir todo lo que uno
piensa, arriesgando desde el ridículo, al ninguneo de la opinión
dominante, incluido el desprecio, cuando no el odio, de los poderosos.
Bailar fuera del tiesto se paga siempre a un alto precio.
Justamente, la falta de parresia explica que a la mayoría de los
economistas, y con ellos a sus fieles seguidores los políticos, les haya
pasado inadvertido durante casi cinco años algo tan obvio como las
consecuencias financieras de la burbuja inmobiliaria. ¿Cómo se explica,
por lo demás, que la inmensa mayoría de los economistas no hayan
previsto la crisis?
Atreverse a manifestar algo que se salga del marco de los intereses
dominantes lleva consigo de inmediato una descualificación que nos
condena a la invisibilidad, con un alto coste en prestigio y otras
gabelas que pagaríamos de buen agrado, si ello no implicase perder la
plataforma pública desde la que poder alzar la voz.
Un ejemplo contundente. Se han escrito montañas de papel sobre la
durísima crisis que nos aflige, sin que apenas haya saltado a la
palestra el nombre de Marx, el primero que describe las crisis
económicas, vinculándolas al modo de producción capitalista. En teoría
no podrían existir, ya que la ciencia económica daba por descontado que
el mercado acopla la producción a la demanda, pero si se presentan, como
en efecto ocurre, se deberían a catástrofes naturales, malas cosechas,
disturbios sociales, inflación y subida incontrolada de los salarios,
explicaciones que Marx rechaza como la causa de crisis que se repiten
periódicamente, todo lo más concede que podrían ser síntomas.
La superproducción, piensa Marx, es la causa última de las crisis, a
la que suele preceder un periodo de especulación desmedida que en las
ramas más diversas aporta una prosperidad generalizada que impulsa a
producir más de lo que puede asumir el mercado. Las crisis estallan en
la economía financiera especulativa, para luego extenderse a la economía
productiva, pero su causa última es siempre la superproducción, a la
que precede un periodo de expansión.
Marx subraya la gran paradoja de que, cuando la mayoría carece de lo
más elemental, se acumule una gran cantidad de mercancías invendibles.
Habla del “milagro de la superproducción y supermiseria, en la que puede
haber superabundancia de productos, aunque a la vez la mayoría sufra
bajo la aguda necesidad de los medios de vida más elementales”. La
conjunción de salarios bajos y de una enorme producción de mercancías
que los altos beneficios impulsan, lleva a que las mercancías tengan que
venderse por debajo del coste de producción, que es lo que Marx llama
superproducción, que se corresponde con un consumo muy por debajo de la
capacidad productiva, infraconsumo.
De las crisis solo se sale llevando a cabo una completa renovación
del aparato productivo, destruir para volver a construir, lo que permite
al capital volver a obtener beneficios. La crisis finaliza con la
recuperación de la tasa normal de beneficio, reestableciendo el
equilibrio del sistema. Marx las compara con el vómito de los romanos,
hacer sitio para continuar comiendo, así el capitalismo necesita
autodestruirse periódicamente para volver a originar beneficios.
No cabe con la brevedad necesaria señalar aciertos y fallos de la
primera teoría que se dio de la crisis, el principal error suponer que
al final “las contradicciones internas” desembocarán en el fin del
capitalismo, ni mucho menos completarla con la teoría de Keynes, que se
centró en el domeñar las crisis para salvar el capitalismo. Lo único que
ahora me importa subrayar es hasta qué punto la economía dogmática
dominante, temerosa de la parresia, se niega a reconocer los hechos más
obvios.

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